Insensible a éste calor que simula recorrer mi cuerpo,
a esta sangre que pretende circular por mis venas.
Desatado de toda percepción o metáfora temporal,
me desentiendo de la corriente de momentos.
Sueltenme de la cárcel que nos fuimos creyendo.
Aténme entonces, en los postes, en la plaza más grande,
y caven profundo los cimientos de mi olvido.
De morir puede que sea la hora, que suena tardía.
Arrástrenme ceñido a una potente carroza,
por caminos de cristales rotos y duras piedras.
Que se desfigure mi rostro, antes de poder decir,
con muecas y sin palabras, todo lo que sé y siento.
miércoles, 9 de julio de 2008
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